Archive for b/ Platón (427/428 a. C.- 347 a.C.)

Textos

Platón. El mito de la Caverna.

(El mito de la Caverna es el texto central de la República, y uno de los párrafos más conocidos y comentados de toda la historia de la Filosofía. Platón se sirve de esta alegoría para exponer su teoría acerca de la realidad (La Teoría de las Ideas) y sus ideas acerca de la educación del sabio, quien es el llamado para gobernar la utópica República).

 

            “I.- Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza. Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo más y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

            ‑Ya lo veo ‑dijo.

            ‑Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

            ‑¡Qué extraña escena describes ‑dijo‑ y qué extraños prisioneros!

            ‑Iguales que nosotros ‑dije‑, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

            ‑¿Cómo ‑dijo‑, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

            ‑¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

            ‑¿Qué otra cosa van a ver?

            -Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

            ‑Forzosamente.

            ‑¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

            -No, ¡por Zeus! ‑dijo.

            ‑Entonces no hay duda ‑dije yo‑ de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

            ‑Es enteramente forzoso ‑dijo.

            -Examina, pues ‑dije‑, que pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

            -Mucho más ‑dijo.

            II. ‑Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que estos son realmente más claros que los que le muestra?

            ‑Así es ‑dijo.

            ‑Y si se lo llevaran de allí a la fuerza ‑dije‑, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

            ‑No, no sería capaz ‑dijo‑, al menos por el momento.

            ‑Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.

            ‑¿Cómo no?

            -Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.

            ‑Necesariamente ‑dijo.

            -Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.

            ‑Es evidente ‑dijo‑ que después de aquello vendría a pensar en eso otro.

            ‑¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

            -Efectivamente.

            ‑Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente “trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio” o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?

            -Eso es lo que creo yo ‑dijo‑: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.

            -Ahora fíjate en esto ‑dije‑: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?

            -Ciertamente ‑dijo.

            ‑Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad ‑y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse‑, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían, si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?

            -Creo que sí ‑dijo.

            III.‑Pues bien ‑dije‑, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón! a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda‑prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de este, si las comparas con la ascensión del alma hasta la región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en la inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

            -También yo estoy de acuerdo ‑dijo‑, en el grado en que puedo estarlo.

            -Pues bien ‑dije‑, dame también la razón en esto otro: no te extrañes de que los que han llegado a ese punto no quieran ocuparse en asuntos humanos; antes bien, sus almas tienden siempre a permanecer en las alturas, y es natural, creo yo, que así ocurra, al menos si también esto concuerda con la imagen de que se ha hablado.

            ‑Es natural, desde luego ‑dijo.

            ¿Y qué? ¿Crees ‑dije yo‑ que haya que extrañarse de que, al pasar un hombre de las contemplaciones divinas a las miserias humanas, se muestre torpe y sumamente ridículo cuando, viendo todavía mal y no hallándose aún suficientemente acostumbrado a las tinieblas que le rodean, se ve obligado a discutir, en los tribunales o en otro lugar cualquiera, acerca de las sombras de lo justo o de las imágenes de que son ellas reflejo, y a contender acerca del modo en que interpretan estas cosas los que jamás han visto la justicia en sí?

            ‑No es nada extraño ‑dijo.

            -Antes bien ‑dije‑, toda persona razonable debe recordar que son dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la luz. Y una vez ha ya pensado que también le ocurre lo mismo al alma, no se reirá insensatamente cuando vea a alguna que, por estar ofuscada, no es capaz de discernir los objetos, sino que averiguará si es que, viniendo de una vida más luminosa, está cegada por falta de costumbre, o si, al pasar de un mayor ignorancia a una mayor luz, se ha deslumbrado por el exceso de ésta; y así, considerará dichosa a la primer alma, que de tal manera se conduce y vive, y compadecerá a la otra, o bien, si quiere reírse de ella, esa su risa será menos ridícula que si se burlara del alma que desciende de la luz.

      -Es muy razonable -asintió‑ lo que dices”.

 

PLATÓN, La República, libro VII, 514a-518b (trad. M. Fernández-Galiano, Madrid, Alianza, 1998, pp. 368-375).

 

 

 

 

 

Símil de la Línea

Toma, pues, una línea que esté cortada en dos segmentos desiguales y vuelve a cortar cada uno de los segmentos, el del género visible y el del inteligible, siguiendo la misma proporción. Entonces tendrás, clasificados según la mayor claridad u oscuridad de cada uno: en el mundo visible, un primer segmento, el de las imágenes . Llamo imágenes ante todo a las sombras y, en segundo lugar, a las figuras que se forman en el agua y en todo lo que es compacto, pulido y brillante y a otras cosas semejantes, si es que me entiendes.

-Sí que te entiendo.

-En el segundo pon aquello de lo cual esto es imagen: los animales que nos rodean, todas las plantas y el género entero de las cosas fabricadas

-Lo pongo -dijo.

¿Accederías acaso -dije yo- a reconocer que lo visible se divide, en proporción a la verdad o a la carencia de ella, de modo que la imagen se halle, con respecto a aquello que imita, en la misma relación en que lo opinado con respecto a lo conocido?

-Desde luego que accedo -dijo.

-Considera, pues, ahora de qué modo hay que dividir el segmento de lo inteligible .

-¿Cómo?

-De modo que el alma se vea obligada a buscar la una de las partes sirviéndose, como de imágenes, de aquellas cosas que antes eran imitadas, partiendo de hipótesis y encaminándose así, no hacia el principio, sino hacia la conclusión; y la segunda ,partiendo también de una hipótesis, pero para llegar a un principio no hipotético y llevando a cabo su investigación con la sola ayuda de las ideas tomadas en sí mismas y sin valerse de las imágenes a que en la búsqueda de aquello recurría.

-No he comprendido de modo suficiente -dijo-eso de que hablas.

-Pues lo diré otra vez -contesté-. Y lo entenderás mejor después del siguiente preámbulo. Creo que sabes que quienes se ocupan de geometría , aritmética y otros estudios similares dan por supuestos los números impares y pares, las figuras, tres clases de ángulos y otras cosas emparentadas con éstas y distintas en cada caso; las adoptan como hipótesis, procediendo igual que si las conocieran, y no se creen ya en el deber de dar ninguna explicación ni a sí mismos ni a los demás con respecto a lo que consideran como evidente para todos, y de ahí es de donde parten las sucesivas y consecuentes deducciones que les llevan finalmente a aquello cuya investigación se proponían.

-Sé perfectamente todo eso -dijo.

-¿Y no sabes también que se sirven de figuras visibles acerca de las cuales discurren, pero no pensando en ellas mismas, sino en aquello a que ellas se parecen, discurriendo, por ejemplo, acerca del cuadrado en sí y de su diagonal, pero no acerca del que ellos dibujan, e igualmente en los demás casos; y que así, las cosas modeladas y trazadas por ellos, de que son imágenes las sombras y reflejos producidos en el agua, las emplean, de modo que sean a su vez imágenes, en su deseo de ver aquellas cosas en si que no pueden ser vistas de otra manera sino por medio del pensamiento?

-Tienes razón -dijo.

XXI.-Y así, de esta clase de objetos decía yo que era inteligible, pero que en su investigación se ve el alma obligada a servirse de hipótesis y, como no puede remontarse por encima de éstas, no se encamina al principio, sino que usa como imágenes aquellos mismos objetos, imitados a su vez por comparación con éstos, son también ellos estimados y honrados como cosas palpables.

-Ya comprendo -dijo- te refieres a lo que se hace en geometría y en las ciencias afines a ella.

-Pues bien, aprende ahora que sitúo en el segundo segmento de la región inteligible aquello a que alcanza por sí misma la razón valiéndose del poder dialéctico y considerando las hipótesis no como principios, sino como verdaderas hipótesis, es decir, peldaños y trampolines que la eleven hasta lo no hipotético, hasta el principio de todo; y una vez haya llegado a éste, irá pasando de una a otra de las deducciones que de él dependen hasta que de ese modo descienda a la conclusión sin recurrir en absoluto a nada sensible, antes bien, usando solamente de las ideas tomadas en sí mismas, pasando de una a otra y terminando en las ideas.

-Ya me doy cuenta -dijo-, aunque no perfectamente, pues me parece muy grande la empresa a que te refieres, de que lo que intentas es dejar sentado que es más clara la visión del ser y de lo inteligible que proporciona la ciencia dialéctica que la que proporcionan las llamadas artes, a las cuales sirven de principios las hipótesis; pues, aunque quienes las estudian se ven obligados a contemplar los objetos por medio del pensamiento y no de los sentidos, sin embargo, como no investigan remontándose al principio, sino partiendo de hipótesis, por eso te parece a ti que no adquieren conocimiento de esos objetos que son, empero, inteligibles cuando están en relación con un principio. Y creo también que a la operación de los geómetras y demás la llamas pensamiento, pero no conocimiento, porque el pensamiento es algo que está entre la simple creencia y el conocimiento.

-Lo has entendido -dije- con toda perfección. Ahora aplícame a los cuatro segmentos estas cuatro operaciones que realiza el alma: la inteligencia ,al más elevado; el pensamiento ,al segundo; al tercero dale el la creencia y al último la imaginación ; y ponlos en ese orden, considerando que cada uno de ellos participa tanto más de la claridad cuanto más participen de la verdad los objetos a que se aplica.

-Ya lo comprendo -dijo-; estoy de acuerdo y los ordeno como dices.

(Platón.Republica.Libro VI.510a-511e)

 

 

 

Teoría de la reminiscencia (Fragmento del “Menón”)

 

 En este conocido fragmento del “Menón” expone Sócrates la teoría de la reminiscencia, (apoyándose para la demostración de su validez en la inmortalidad del alma), como el único modo de superar el llamado “argumento polémico” que le presenta Menón, que plantea serias dudas sobre la posibilidad de seguir avanzando en la investigación emprendida sobre la naturaleza de la virtud.

 

“Menón”, (79 a 7 – 82 b 2)

 

MEN.- ¿Y de qué manera vas a investigar, Sócrates, lo que no sabes en absoluto qué es? Porque ¿qué es lo que, de entre cosas que no sabes, vas a proponerte como tema de investigación? 0, aun en el caso favorable de que lo descubras, ¿cómo vas a saber que es precisamente lo que tú no sabías?

Sóc.- Ya entiendo lo que quieres decir, Menón. ¿Te das cuenta del argumento polémico que nos traes, a saber, que no es posible para el hombre investigar ni lo que sabe ni lo que no sabe? Pues ni sería capaz de investigar lo que sabe, puesto que lo sabe, y ninguna necesidad tiene un hombre así de investigación, ni lo que no sabe, puesto que ni siquiera sabe qué es lo que va a investigar.

MEN.- ¿No te parece que es un espléndido argumento, Sócrates?

Sóc.- No.

MEN. -¿Podrías decir por qué?

Sóc.- Sí; porque se lo he oído a hombres y mujeres sabios en las cosas divinas.

MEN.- ¿Y qué es lo que dicen?

Sóc.- La verdad, a mi parecer, y bien dicha.

MEN.- ¿Qué es, y quiénes la dicen?

Sóc.- Los que la dicen son cuantos sacerdotes y sacerdotisas se preocupan de ser capaces de dar explicación del objeto de su ministerio. Pero también lo dice Píndaro y otros muchos de entre los poetas, cuantos son divinos. En cuanto a lo que dicen, es lo siguiente: y fíjate en si te parece que dicen la verdad. Pues afirman que el alma del hombre es inmortal, y que unas veces termina de vivir (a lo que llaman morir), y otras vuelve a existir, pero que jamás perece; y que por eso es necesario vivir con la máxima santidad toda la vida;

 

“porque aquellos que a Prosérpina hayan pagado el precio
de su antiguo pecado, al sol de arriba a los nueve años
devuelve de nuevo las almas de ellos, de las que reyes ilustres
y desbordantes de fuerza y en sabiduría los más grandes
hombres saldrán; y para el tiempo restante héroes santos
los llaman los hombres”.

 

Y ocurre así que, siendo el alma inmortal, y habiendo nacido muchas veces y habiendo visto tanto lo de aquí como lo del Hades y todas las cosas, no hay nada que no tenga aprendido; con lo que no es de extrañar que también sobre la virtud y sobre las demás cosas sea capaz ella de recordar lo que desde luego ya antes sabía. Pues siendo, en efecto, la naturaleza entera homogénea, y habiéndolo aprendido todo el alma, nada impide que quien recuerda una sola cosa (y a esto llaman aprendizaje los hombres), descubra él mismo todas las demás, si es hombre valeroso y no se cansa de investigar. Porque el investigar y el aprender, por consiguiente, no son en absoluto otra cosa que reminiscencia. De ningún modo, por tanto, hay que aceptar el argumento polémico ese; porque mientras ése nos haría pasivos y es para los hombres blandos para quien es agradable de escuchar, este otro en cambio nos hace activos y amantes de la investigación; y es porque confío en que es verdadero por lo que deseo investigar contigo qué es la virtud.

MEN.- Sí, Sócrates; pero ¿qué quieres decir con eso de que no aprendemos sino que lo que llamamos aprendizaje es reminiscencia? ¿Podrías enseñarme que eso es así?

Sóc.- Ya antes te dije, Menón, que eres astuto, y ahora me preguntas si puedo enseñarte yo, que afirmo que no hay enseñanza, sino recuerdo, para que inmediatamente me ponga yo en manifiesta contradicción conmigo mismo.

MEN.- No, por Zeus, Sócrates, no lo he dicho con esa intención, sino por hábito; ahora bien, si de algún modo puedes mostrarme que es como dices, muéstramelo.

Sóc.- Pues no es fácil, y, sin embargo, estoy dispuesto a esforzarme por ti. Pero llámame de entre esos muchos criados tuyos a uno, al que quieras, para hacértelo comprender en él.

 

(A continuación tiene lugar el también conocido ejemplo del esclavo, con el que Sócrates trata de demostrar la teoría de la reminiscencia)

 

(Según la traducción de Antonio Ruíz, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1970)

 

 

 

Mito de Teut y Tamus (Fedro)

 

SÓCRATES.

Puedo referirte una tradición de los antiguos, que conocían

la verdad. Si nosotros pudiésemos descubrirla

por nosotros mismos, ¿nos inquietaríamos aún de que los

hombres hayan pensado antes que nosotros?

FEDRO.

¡Donosa cuestión! Refiéreme, pues, esa antigua tradición.

SÓCRATES.

Me contaron que cerca de Naucratís, en Egipto,

hubo un Dios, uno de los más antiguos del país, el mismo

al que está consagrado el pájaro que los egipcios llaman

Ibis. Este Dios se llamaba Teut. Se dice que inventó

los números, el cálculo, la geometría, la astronomía,

así como los juegos del ajedrez y de los dados, y,

en fin, la escritura.

El rey Tamus reinaba entonces en todo aquel país, y

habitaba la gran ciudad del alto Egipto, que los griegos

llaman Tebas egipcia, y que está bajo la protección del

Dios que ellos llaman Ammon. Teut se presentó al rey

y le manifestó las artes que había inventado, y le dijo lo

conveniente que era extenderlas entre los egipcios. El rey

le preguntó de qué utilidad seria cada una de eílas, y

Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una;

y según que las explicaciones le parecían más o menos

satisfactorias, Tamus aprobaba ó desaprobaba. Dícese

que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos,

muchas” razones en pro y en contra, que sería largo enumerar.

Cuando llegaron á la escritura:

«¡ Oh rey!, le dijo Teut, esta invención hará á los egíp-

cios más sabios y servirá á su memoria; he descubierto

un remedio contra la dificultad de aprender y retener.—

Ingenioso Teut, respondió el rey, el genio

que inventa las artes no está en el caso que la sabiduría

que aprecia las ventajas y las desventajas que deben

resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado

con tu invención, la atribuyes todo lo contrario

de sus efectos verdaderos. Ella no producirá sino

el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles

despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño

abandonarán á caracteres materiales el cuidado de conservar

los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu.

Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria,

sino de despertar reminiscencias; y das a tus

discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma.

Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas

sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más

que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables

en el comercio de la vida.»

 

FEDRO.

Mi querido Sócrates, tienes especial gracia para pronunciar

discursos egipcios, y lo mismo los harías de todos los

países del universo, si quisieras.

 

Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 2, Madrid 1871

 

 

Platón. Fedro. Mito del carro alado.

“Sobre su inmortalidad, pues, basta con lo dicho. Acerca de su idea debe decirse lo

siguiente: descubrir cómo es el alma sería cosa de una investigación en todos los

sentidos y totalmente divina, además de larga; pero decir a qué es semejante puede ser

el objeto de una investigación humana y más breve; procedamos, por consiguiente, así.

Es, pues, semejante el alma a cierta fuerza natural que mantiene unidos un carro y su

auriga, sostenidos por alas. Los caballos y aurigas de los dioses son todos ellos buenos y

constituidos de buenos elementos; los de los demás están mezclados. En primer lugar,

tratándose de nosotros, el conductor guía una pareja de caballos; después, de los

caballos, el uno es hermoso, bueno y constituido de elementos de la misma índole; el

otro está constituido de elementos contrarios y es él mismo contrario. En consecuencia,

en nosotros resulta necesariamente dura y difícil la conducción.

Hemos de intentar ahora decir cómo el ser viviente ha venido a llamarse “mortal” e

“inmortal”. Toda alma está al cuidado de lo que es inanimado, y recorre todo el cielo,

revistiendo unas veces una forma y otras otra. Y así, cuando es perfecta y alada, vuela

por las alturas y administra todo el mundo; en cambio, la que ha perdido las alas es

arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo

terrestre que parece moverse a sí mismo a causa de la fuerza de aquella, y este todo,

alma y cuerpo unidos, se llama ser viviente y tiene el sobrenombre de mortal. En cuanto

al inmortal, no hay ningún razonamiento que nos permita explicarlo racionalmente;

pero, no habiéndola visto ni comprendido de un modo suficiente, nos forjamos de la

divinidad una idea representándonosla como un ser viviente inmortal, con alma y

cuerpo naturalmente unidos por toda la eternidad. Esto, sin embargo, que sea y se

exponga como agrade a la divinidad. Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y

por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue.

La fuerza del ala consiste, naturalmente, en llevar hacia arriba lo pesado,

elevándose por donde habita la raza de los dioses, y así es, en cierto modo, de todo lo

relacionado con el cuerpo, lo que en más grado participa de lo divino. Ahora bien: lo

divino es hermoso, sabio, bueno, y todo lo que es de esta índole; esto es, pues, lo que

más alimenta y hace crecer las alas; en cambio, lo vergonzoso, lo malo, y todas las

demás cosas contrarias a aquellas, las consume y las hace perecer. Pues bien: el gran

jefe del cielo, Zeus, dirigiendo su carro alado, marcha el primero, ordenándolo todo y

cuidándolo. Le sigue un ejército de dioses y demonios ordenado en once divisiones pues

Hestia queda en la casa de los dioses, sola. Todos los demás clasificados en el número

de los doce y considerados como dioses directores van al frente de la fila que a cada uno

ha sido asignada. Son muchos en verdad, y beatíficos, los espectáculos que ofrecen las

rutas del interior del cielo que la raza de los bienaventurados recorre llevando a cabo

cada uno su propia misión, y los sigue el que persevera en el querer y en el poder, pues

la Envidia está fuera del coro de los dioses. Ahora bien, siempre que van al banquete y

al festín, marchan hacia las regiones escarpadas que conducen a la cima de la bóveda

del cielo. Por allí, los carros de los dioses, bien equilibrados y dóciles a las riendas,

marchan fácilmente, pero los otros con dificultad, pues el caballo que tiene mala

constitución es pesado e inclina hacia la tierra y fatiga al auriga que no lo ha alimentado

convenientemente. Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que

se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la

espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y

contemplan lo que está al otro lado del cielo.

A este lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo

cantará jamás como merece, pero es algo como esto -ya que se ha de tener el coraje de

decir la verdad, y sobre todo cuando es de ella de la que se habla-: porque, incolora,

informe, intangible esa esencia cuyo ser es realmente ser, vista sólo por el

entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero saber, ocupa,

precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino se alimenta de un entender y saber

incontaminado, lo mismo que toda alma que tenga empeño en recibir lo que le conviene,

viendo, al cabo del tiempo, el ser, se llena de contento, y en la contemplación de la

verdad, encuentra su alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la

vuelva a su sitio. En esta giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene antes su vista

a la sensatez, tiene ante su vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la

génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser en otro -en eso otro que nosotros

llamamos entes-, sino esa ciencia que es de lo que verdaderamente es ser. Y habiendo

visto, de la misma manera, todos los otros seres que de verdad son, y nutrida de ellos, se

hunde de nuevo en el interior del cielo, y vuelve a su casa. Una vez que ha llegado, el

auriga detiene los caballos ante el pesebre, le echa pienso y ambrosía, y los abreva con

néctar.

Tal es pues la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios

y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su

giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos, apenas si alcanza a ver

los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos,

ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante,

pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra,

pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras. Confusión, pues, y

porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas

renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de

tantas penas, tiene que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se

han ido, les queda sólo la opinión por alimento. El porqué de todo este empeño por

divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor

parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que

hace ligera al alma, de él se nutre. Así es, pues, el precepto de Adrastea. Cualquier alma,

que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne

hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero cuando,

por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va

gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra”

Fedro, 246 d 3- 248 d

 

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