“HAZ LO QUE QUIERAS” F. SAVATER

CAPITULO TERCERO

HAZ LO QUE QUIERAS

Decíamos antes que la mayoría de las cosas las hacemos porque

nos las mandan (los padres cuando se es joven, los superiores o las

leyes cuando se es adulto), porque se acostumbra a hacerlas así (a

veces la rutina nos la imponen los demás con su ejemplo y su

presión -miedo al ridículo, censura, chismorreo, deseo de

aceptación en el grupo…y otras veces nos la creamos nosotros

mismos), porque son un medio para conseguir lo que queremos

(como tomar el autobús para ir al colegio) o sencillamente porque

nos da la ventolera o el capricho de hacerlas así, sin más ni más.

Pero resulta que en ocasiones importantes o cuando nos tomamos

lo que vamos a hacer verdaderamente en esto, todas estas

motivaciones corrientes resultan insatisfactorias: vamos, que

saben

a

poco, como suele decirse.

Cuando tiene uno que salir a exponer el pellejo junto a las murallas

de Troya desafiando el ataque de Aquiles, como hizo Héctor; o

cuando hay que decidir entre tirar al mar la carga para salvar a la

tripulación o tirar a unos cuantos de la tripulación para salvar la

carga; o… en casos semejantes, aun. que no sean tan dramáticos

(por ejemplo sencillito: ¿debo votar al político que considero mejor

para la mayoría del país, aunque perjudique con su subida de

impuestos mis intereses personales, o apoyar al que me permite

forrarme más a gusto y los demás que espabilen?), ni órdenes ni

costumbres bastan y no son cuestiones de capricho. El comandante

nazi del campo de concentración al que acusan de una matanza de

judíos intenta excusarse diciendo que «cumplió órdenes », pero a

mí, sin embargo, no me convence esa justificación; en ciertos

países es costumbre no alquilar un piso a negros por su color de

piel o a homosexuales por su preferencia amorosa, pero por mucho

que sea habitual tal discriminación sigue sin parecerme aceptable;

el capricho de irse a pasar unos días en la playa es muy

comprensible, pero si uno tiene a un bebé a su cargo y lo deja sin

cuidado durante un fin de semana, semejante capricho ya no resulta

simpático sino criminal. ¿No opinas lo mismo que yo en estos

casos?

Todo esto tiene que ver con la cuestión de la

libertad, que es el

asunto del que se ocupa propiamente la ética, según creo haberte

dicho ya. Libertad es poder decir «sí» o «no»; lo hago o no lo hago,

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digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me conviene y lo

quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero. Libertad es

decidir,

pero también, no lo olvides, darte cuenta de que estás

decidiendo. Lo más opuesto a

dejarse llevar, como podrás

comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que

intentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer; sí, dos

veces, lo siento, aunque te duela la cabeza… La

primera vez que

piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pregunta «¿por qué

hago esto?» es del tipo de las que hemos estudiado últimamente: lo

hago porque me lo mandan, porque es costumbre hacerlo, porque

me da la gana. Pero si lo piensas por

segunda vez, la cosa ya varía.

Esto lo hago porque me lo mandan, pero… ¿por qué obedezco lo

que me mandan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un

premio?, ¿no estoy entonces como

esclavizado por quien me

manda? Si obedezco porque quien da las órdenes sabe más que

yo, ¿no sería aconsejable que procurara Informarme lo suficiente

para decidir por mi mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me

parecen

convenientes, como cuando le ordenaron al comandante

nazi eliminar a los judíos del campo de concentración? ¿Acaso no

puede ser algo «malo» -es decir, no conveniente para mí- por

mucho que me lo manden, o «bueno» y conveniente aunque nadie

me lo ordene?

Lo mismo sucede respecto a las costumbres. Si no pienso lo

que hago más que una vez, quizá me baste la respuesta de que

actúo así «porque es costumbre». Pero ¿por qué diablos tengo que

hacer siempre lo que suele hacerse (o lo que suelo hacer)? ¡Ni que

fuera esclavo de quienes me rodean, por muy amigos míos que

sean, o de lo que hice ayer, antes de ayer y el mes pasado! Si vivo

rodeado de gente que tiene la costumbre de discriminar a los

negros y a mí eso no me parece ni medio bien, ¿por qué tengo que

imitarles? Si he cogido la costumbre de pedir dinero prestado y no

devolverlo nunca, pero cada vez me da más vergüenza hacerlo,

¿por qué no voy a poder cambiar de conducta y empezar desde

ahora mismo a ser más legal? ¿Es que acaso una costumbre no

puede ser poco conveniente para mí, por muy acostumbrada que

sea? Y cuando me interrogo por segunda vez sobre mis caprichos,

el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de hacer

cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las que me

arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho puede ser

aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias dejarme llevar

por él, sin reflexionar si se trata de un capricho conveniente o

inconveniente, puede resultar muy poco aconsejable, hasta

peligroso: el capricho de cruzar siempre los semáforos en rojo a lo

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mejor resulta una o dos veces divertido pero ¿llegaré a viejo si me

empeño en hacerlo día tras día?

En resumidas cuentas: puede haber órdenes, costumbres y

caprichos que sean motivos adecuados para obrar, pero en otros

casos no tiene por qué ser así. Seria un poco idiota querer llevar la

contraria a todas las órdenes y a todas las costumbres, como

también a todos los caprichos, porque a veces resultarán

convenientes o agradables. Pero

nunca una acción es buena sólo

por ser una orden, una costumbre o un capricho.

Para saber si algo

me resulta de veras conveniente o no tendré que examinar lo que

hago más a fondo, razonando por mí mismo. Nadie puede ser libre

en mi lugar, es decir: nadie Puede dispensarme de elegir y de

buscar por mí mismo. Cuando se es un niño pequeño, inmaduro,

con poco conocimiento de la vida y de la realidad, basta con la

obediencia, la rutina o el caprichito. Pero es Porque todavía se está

dependiendo de alguien, en manos de otro que vela por nosotros.

Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de

inventar en cierto

modo la propia vida y no simplemente de vivir la que otros han

inventado para uno. Naturalmente, no podemos inventarnos del

todo porque no vivimos solos y muchas cosas se nos imponen

queramos o no (acuérdate de que el pobre capitán no eligió padecer

una tormenta en alta mar ni Aquiles le pidió a Héctor permiso para

atacar Troya … ). Pero entre las órdenes que se nos dan, entre las

costumbres que nos rodean o nos creamos, entre los caprichos que

nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos.

No habrá más remedio, para ser hombres y no borregos (con

perdón de los borregos), que pensar dos veces lo que hacemos. Y

si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas.

La palabra «moral» etimológicamente tiene que ver con las

costumbres, pues eso precisamente es lo que significa la voz latina

mores, y también con las órdenes, pues la mayoría de los

preceptos morales suenan así como «debes hacer tal cosa» o «ni

se te ocurra hacer tal otra». Sin embargo, hay costumbres y

órdenes -como ya hemos visto que pueden ser malas, o sea

«inmorales», por muy ordenadas y acostumbradas que se nos

presenten. Si queremos profundizar el’ la moral de verdad, si

queremos aprender en serio cómo emplear bien la libertad que

tenemos (y en este aprendizaje consiste precisamente la «moral» o

«ética» de la que estarnos hablando aquí), más vale dejarse de

órdenes, costumbres y caprichos. Lo primero que hay que dejar

claro es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los

castigos ni los premios repartidos por la autoridad que sea,

autoridad humana o divina, para el caso es igual. El que no hace

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más que huir del castigo y buscar la recompensa que dispensan

otros, según normas establecidas por ellos, no es mejor que un

pobre esclavo. A un niño quizá le basten el palo y la zanahoria

como guías de su conducta, pero para alguien crecidito es más

bien triste seguir con esa mentalidad. Hay que orientarse de otro

modo. Por cierto, una aclaración terminológica. Aunque yo voy a

utilizar las palabras «moral» y «ética» como equivalentes, desde un

punto de vista técnico (perdona que me ponga más profesoral que

de costumbre) no tienen idéntico significado. «Moral» es el

conjunto de comportamientos Y normas que tú, yo y algunos de

quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; «ética» es la

reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación

con otras «morales» que tienen personas diferentes. Pero en fin,

aquí seguiré usando una u otra palabra indistintamente, siempre

como

arte de vivir. Que me perdone la academia…

Te recuerdo que las palabras «bueno» y «malo» no sólo se aplican

a comportamientos morales, ni siquiera sólo a personas. Se dice,

por ejemplo, que Maradona o Butragueño son futbolistas muy

buenos, sin que ese calificativo tenga nada que ver con su

tendencia a ayudar al prójimo fuera del estadio o su propensión a

decir siempre la verdad. Son buenos en cuanto futbolistas y como

futbolistas, sin que entremos en averiguaciones sobre su vida

privada. Y también puede decirse que una moto es muy buena sin

que ello implique que la tomamos por la Santa Teresa de las

motos: nos referimos a que funciona estupendamente y que tiene

todas las ventajas que a una moto pueden pedirse. En cuestión de

futbolistas o de motos, lo «bueno» -es decir, lo que conviene- está

bastante claro. Seguro que si te pregunto me explicas muy bien

cuáles son los requisitos necesarios para que algo merezca calificación

de sobresaliente en el terreno de juego o en la carretera. Y

digo yo: ¿por qué no intentamos definir del mismo modo lo que se

necesita para ser un

hombre bueno? ¿No nos resolvería eso todos

los problemas que nos estamos planteando desde hace ya bastantes

páginas?

No es cosa tan fácil, sin embargo. Respecto a los buenos

futbolistas, las buenas motos, los buenos caballos de carreras,

etc., la mayoría de la gente suele estar de acuerdo, pero cuando

se trata de determinar si alguien es bueno o malo en general,

como ser humano, las opiniones varían mucho. Ahí tienes, por

ejemplo, el caso de Purita: su mamá en casa la tiene por el no va

más de la bondad, porque es obediente y modosita, pero en clase

todo el mundo la detesta porque es chismosa y cizañera. Seguro

que para sus superiores el oficial nazi que gaseaba judíos en

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Auschwitz era bueno y como es debido, pero los judíos debían

tener sobre él una opinión diferente. A veces llamarle a alguien

«bueno» no indica nada bueno: hasta el punto de que suelen

decirse cosas como «Fulanito es muy bueno, ¡el pobre! » El poeta

español Antonio Machado era consciente de esta ambigüedad y en

su autobiografía poética escribió: «Soy en el buen sentido de la

palabra bueno … » Se refería a que, en muchos casos, llamarle a

uno «bueno» no indica más que docilidad, tendencia a no llevar la

contraria y a no causar problemas, prestarse a cambiar los discos

mientras los demás bailan, cosas así.

Para unos, ser bueno significará ser resignado y paciente, pero

otros llamarán bueno a la persona emprendedora, original, que no

se acobarda a la hora de decir lo que piensa aunque pueda

molestar a alguien. En países como Sudáfrica, por ejemplo, unos

tendrán Por bueno al negro que no da la lata y se conforma con el

apartheid,

mientras que otros no llamarán así más que al que sigue

a Nelson Mandela. ¿Y sabes por qué no resulta sencillo decir

cuándo un ser humano es «bueno» y cuándo no lo es? Porque no

sabemos

para que sirven los seres humanos. Un futbolista sirve

para jugar al fútbol de tal modo que ayude a ganar a su equipo y

meta goles al contrario; una moto sirve para trasladarnos de modo

veloz, estable, resistente… Sabemos cuándo un especialista en algo

o cuándo un instrumento

funcionan como es debido porque

tenemos idea del servicio que deben prestar, de lo que se espera

de ellos. Pero si tomamos al ser humano en general la cosa se

complica: a los humanos se nos reclama a veces resignación y a

veces rebeldía, a veces iniciativa y a veces obediencia, a veces

generosidad y otras previsión del futuro, etc. No es fácil ni siquiera

determinar una virtud cualquiera: que un futbolista meta un gol en la

portería contraria sin cometer falta siempre es bueno, pero decir la

verdad puede no serlo. ¿Llamarías «bueno» a quien le dice por

crueldad al moribundo que va a morir o a quien delata dónde se

esconde la víctima al asesino que quiere matarla? Los oficios y los

instrumentos responden a unas normas de utilidad bastante claras,

establecidas desde fuera: si se las cumple, bien; si no, mal y se

acabó. No se pide otra cosa. Nadie exige a un futbolista -para ser

buen futbolista, no buen ser humano- que sea caritativo o veraz;

nadie le pide a una moto, para ser buena moto, que sirva para

clavar clavos. Pero cuando se considera a los humanos en general

la cosa no está tan clara, porque no hay un único

reglamento para

ser buen humano ni el hombre es

instrumento para conseguir nada.

Se puede ser buen hombre (y buena mujer, claro) de muchas

maneras y las opiniones que juzgan los comportamientos suelen

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variar según las circunstancias. Por eso decimos a veces que

Fulano o Menganita son buenos «a su modo». Admitimos así que

hay muchas formas de serlo y que la cuestión depende del ámbito

en que se mueve cada cual. De modo que ya ves que

desde fuera

no es fácil determinar quién es bueno y quién malo, quién hace lo

conveniente y quién no. Habría que estudiar no sólo todas las

circunstancias de cada caso, sino hasta las

intenciones que mueven

a cada uno. Porque Podría pasar que alguien hubiese pretendido

hacer algo malo y le saliera un resultado aparentemente bueno por

carambola. Y al que hace lo bueno y conveniente por chiripa lo le

llamaríamos «bueno», ¿verdad? También al revés: con la mejor

voluntad del mundo alguien podría provocar un desastre y ser

tenido por monstruo sin culpa suya. Me parece que por este camino

sacaremos poco en limpio, lo siento.

Pero si ya hemos dicho que ni órdenes, ni costumbres ni

caprichos bastan para guiar. nos en esto de la ética y ahora resulta

que no hay un claro reglamento que enseñe a ser hombre bueno y

a funcionar siempre como tal, ¿cómo nos las arreglaremos? Voy a

contestarte algo que de seguro te sorprende y quizá hasta te

escandalice. Un divertidísimo escritor francés del siglo XVI, François

Rabelais, contó en una de las primeras novelas europeas las

aventuras del gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel. Muchas

cosas podría contarte de ese libro, pero prefiero que antes o

después te decidas a leerlo por ti mismo. Sólo te diré que en una

ocasión Gargantúa decide fundar una orden más o menos religiosa

e instalarla en una abadía, la abadía de Theleme, sobre cuya puerta

está escrito este único precepto: « Haz lo que quieras. » Y todos los

habitantes de esa santa casa no hacen precisamente más que eso,

lo que quieren. ¿Qué te parecería si ahora te digo que a la puerta

de la ética bien entendida no está escrita más que esa misma

consigna: haz lo

que quieras? A lo mejor te indignas conmigo:

¡vaya, pues sí que es moral la conclusión a la que hemos llegado!,

¡la que se armaría si todo el mundo hiciese sin más ni más lo que

quisiera!, ¿para eso hemos perdido tanto tiempo y nos hemos

comido tanto el coco? Espera, espera, no te enfades. Dame otra

oportunidad: hazme el favor de pasar al capítulo siguiente…

vete leyendo…

«Los congregados en Theleme empleaban su vida, no en

atenerse a leyes, reglas o estatutos, sino en ejecutar su voluntad y

libre albedrío. Levantábanse del lecho cuando les parecía bien, y

bebían, comían, trabajaban y dormían cuando sentían deseo de

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hacerlo. Nadie les despertaba, ni le forzaba a beber, o comer, ni a

nada.» Así lo había dispuesto Gargantúa. La única regla de la

Orden era ésta:

HAZ LO QUE QUIERAS

»Y era razonable, porque las gentes libres, bien nacidas y bien

educadas, cuando tratan con personas honradas, sienten por

naturaleza el instinto y estímulo de huir del vicio y acogerse a la

virtud. Y es a esto a lo que llaman honor.

»Pero cuando las mismas gentes se ven refrenadas Y

constreñidas, tienden a rebelarse y romper el yugo que las abruma.

Pues todos nos inclinamos siempre a buscar lo prohibido y a

codiciar lo que se nos niega» François Rebelais, Gargantúa y

Pantagruel

.

» La ética humanista

, en contraste con la ética autoritaria, puede

distinguirse de ella por un criterio formal Y otro material.

Formalmente se basa en el Principio de que sólo el hombre por sí

mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no Una

autoridad que lo trascienda. Materialmente se basa en el principio

de que lo “bueno” es aquello que es bueno para el hombre y “malo”

lo que le es nocivo, siendo

el único criterio de valor ético el

bienestar del hombre»

(Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).

«Pero, aunque la razón basta, cuando está plenamente

desarrollada y perfeccionada, para instruimos de las tendencias

dañosas o útiles de las cualidades y de las acciones, no basta, por

sí misma, para producir la censura o la aprobación moral. La utilidad

no es más que una tendencia hacia un cierto fin; si el fin nos fuese

totalmente indiferente, sentiríamos la misma indiferencia por los

medios. Es preciso necesariamente que un

sentimiento se

manifieste aquí, para hacernos preferir las tendencias útiles a las

tendencias dañinas. Ese sentimiento no puede ser más que una

simpatía por la felicidad de los hombres o un eco de su desdicha,

puesto que éstos son los diferentesSavater, Fernando – Etica para Amador

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